La Magia de creer (Capítulo I Primera Parte)

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A comienzos de 1918 desembarqué en Francia como un soldado “casual” sin estar acoplado a ninguna compañía regular. Como resultado de esto pasaron muchas semanas hasta mi registro de servicios, necesario para recibir mis pagos. Estaba atrapado. Durante ese periodo de tiempo me encontraba sin dinero para comprar cosas personales como chicles, caramelos, cigarrillos, etc. El poco dinero que tenía lo había gastado en el bar del barco para sobrellevar la monotonía del menú que tenían a bordo.

Cada vez que veía a alguien encender un cigarrillo o masticar un chicle, pensaba en que no tenía un céntimo para gastar en mí mismo. Ciertamente la armada se encargaba de mi vestimenta y mi comida y me daban un lugar para dormir pero no tenía dinero para gastar y no tenía forma de conseguirlo.

Una noche en ruta al área delantera en una tropa de muchos soldados, a la hora de dormir se me vino una pregunta a la mente acerca de cuando retornara a la vida civil, pensé -“Tendré mucho dinero”- y el rumbo de mi vida cambió en ese momento.

En verdad, había leído muchos libros durante mi juventud y la Biblia había sido imprescindible en nuestra familia. Cuando era niño estaba interesado en la telegrafía inalámbrica, rayos X, aparatos de alta frecuencia y otros aparatos relacionados a la electricidad, leí todos los libros acerca de cada aparato que pude encontrar. Pero mientras que para mi eran familiares los términos como radiaciones, frecuencias, vibraciones, oscilaciones, influencias magnéticas, etc. en esos días no significaban nada para mí fuera del campo estrictamente eléctrico.

No obstante la primera vez que percibí la conexión entre la mente y las influencias vibratorias o eléctricas fue terminando la escuela de leyes, donde un instructor me dio un antiguo libro “La ley del fenómeno psíquico” de Jay Hudson. Lo leí, aunque superficialmente, no lo llegué a entender o quizá mi mente no estaba preparada para recibir sus profundas verdades, porque en aquella noche de primavera de 1918 me dije a mí mismo que algún día tendría mucho dinero, no me di cuenta que estaba en realidad sentando las bases de una serie de causas que desencadenarían las fuerzas para lograr lo que quería. De hecho, la idea que pude desarrollar con mi pensamiento y mi creencia de hacer fortuna nunca me vino a la mente.

En mi cartilla de clasificación del ejército figuraba en la lista como ocupación la de ser periodista. La escuela de entrenamiento del ejército estaba a cargo para calificar la comisión, pero todo el curso de la escuela de entrenamiento terminó justo cuando yo terminaba el curso.

Yo me consideraba un periodista calificado y sentí que había un mejor lugar para mí en la A.E.F., sin embargo, como muchos otros, me encontré empujando carretillas y cargando conchas pesadas y otras municiones.

Una noche en un depósito de municiones cerca de Toul, las cosas comenzaron a suceder. Me ordenaron presentarme ante el comandante, quien me preguntó a quién conocía en la Primera sede del cuartel general. Yo no conocía a nadie y tampoco sabía dónde estaba y le dije la verdad. Luego él me mostró las órdenes para dirigirme a un reporte inmediato a ese cuartel general. Me enviaron un coche con conductor y a la siguiente mañana me encontraba en la Primera Sede del Cuartel General a cargo del boletín de progreso diario. En ese lugar sólo tenía que responder a las órdenes de un coronel.

Durante los meses que siguieron, frecuentemente pensaba acerca de la comisión en la que fui nombrado. Luego los enlaces formaron una cadena. Un día, de cielo despejado, vinieron las órdenes de transferirme al periódico Líneas y Estrellas. Nunca supe quién fue el responsable de aquel telegrama, pero obviamente algo estaba trabajando a mi favor.

Mi deseo de salir de la armada llegó a ser persistente, quería empezar a hacer fortuna pero el Líneas y Estrelllas no suspendió sus publicaciones hasta el verano de 1919 y no fue hasta agosto que pude volver a casa. No obstante las fuerzas que inconscientemente estaban en movimiento seguían de mi parte y de la buena fortuna.

Era cerca de las nueve y media de la mañana siguiente de volver a casa y recibí una llamada telefónica del presidente de un reconocido club al que había pertenecido, que me dijo que llamara a un hombre prominente en los negocios de banca e inversión que había leído un artículo del periódico acerca de mi regreso y había expresado su deseo de verme antes de reanudar el trabajo periodístico.

Llamé al hombre y dos días después me embarcaba hacia una larga carrera en la banca de inversiones que después me llevaría a la vicepresidencia de la reconocida firma Pacific Coast.

Mi salario era pequeño al principio, pero me di cuenta de que en ese negocio tendría muchas oportunidades de ganar más. Cómo lo tenía que hacer, aún no se me había revelado, pero tenía la certeza de que tendría la fortuna que estaba en mi mente. En menos de diez años, no sólo había conseguido una cantidad considerable, también tenía una sustancial cantidad de acciones en la compañía y muchos intereses lucrativos externos. Durante esos años tenía constantemente ante mí una imagen mental de la riqueza.

Mucha gente en momentos de abstracción o mientras hablan por teléfono, participan en lo que se conoce como ‘garabatear’-dibujando o haciendo un croquis de extraños diseños y patrones sobre el papel. Mis garabatos fueron las forma del símbolo del dólar: “$$$$$-SSSS-SSS-SS” en cada papel que llegaba a mi escritorio. Las tapas de cartulina de mis archivadores que tenía delante también fueron garabateadas con estas marcas, las cubiertas de la agenda telefónica, blocs de notas e incluso las correspondencias importantes. Quiero que mis lectores conozcan bien este relato porque sugiere la mecánica a ser usada para aplicar esta magia que será explicada en detalle después.

Durante los pasados años, he visto que por más grande o lejano que sea el problema que afecta a la gente, la mayoría problemas financieros y en los días de post guerra con su competición intensa, millones de personas atraviesan el mismo problema. Sin embargo, poco importa para qué fines se utiliza esta ciencia, es efectiva en alcanzar el objetivo de tu deseo y en este sentido, déjame contarte otra experiencia.

Poco después de que la idea de escribir T.N.T. –It Rocks the Earth llegara a mí, decidí hacer un viaje a oriente y navegué en el Emperatriz de Japón que destacaba por su excelente cocina. En mis viajes a través de Canadá y Europa desarrollé afición por el queso “trapense” (hecho por los “monjes trapenses de Quebec”) y cuando no pude encontrarlo en los menús del barco, me quejé de manera amable al jefe de los camareros, le dije que yo había embarcado solo para degustar algo del famoso queso trapense. Él me contestó que lo sentía mucho pero que no lo tenían a bordo. Cuanto más pensaba en el queso, más ganas tenía de saborearlo. Una noche que se celebraba una fiesta en el barco retorné a mi camarote después de la medianoche y me encontré una gran mesa que había sido instalada en una de las salas y estaba llena de queso, una cantidad que no había visto antes. Era el queso trapense. Después le pregunté al jefe de los camareros dónde encontró el queso y él me respondió: “Estaba seguro de que no teníamos el queso en el barco cuando usted me lo preguntó pero lo vi con tantas ganas que me propuse buscarlo por todas las despensas del barco y lo encontré en el almacén de emergencia en la parte inferior de la bodega”.

Algo estaba trabajando para mí en ese barco porque no tenía derecho a nada más que un servicio ordinario, pero sin embargo estuve en la mesa del oficial ejecutivo, era frecuentemente su invitado personal en sus estancias, así como en paseos de inspección a través del barco. Naturalmente el tratamiento que recibí me causó una gran impresión.

Cuando estaba en Honolulú frecuentemente pensaba que sería muy hermoso recibir la mejor atención en el viaje de vuelta a casa. Una tarde tuve el impulso repentino de dejar tierra firme, era casi la hora de cerrar cuando me presenté en la agencia de viajes para averiguar acerca de mi reserva. Les dije que el barco salía al día siguiente al mediodía y pude conseguir el único boleto de cabina restante, lo compré y al día siguiente, sólo unos pocos minutos antes del mediodía, tan pronto como empecé a subir la pasarela, me dije a mí mismo: “Te tratarán como a un rey en el Emperatriz de Japón, lo menos que harás aquí será sentarte a la mesa del capitán, seguro que te sentarás a la mesa del capitán.”

El barco zarpó y al poco que dejamos atrás el puerto recibimos los pasajeros la llamada del encargado del comedor para presentarnos a la asignación de mesas. Llegué casi a la mitad de la asignación y el encargado me preguntó por mi boleto, lo miró y me dijo: “Oh sí, mesa A silla número 5”. Era la mesa del capitán y fui ubicado directamente enfrente de él.

Muchas cosas ocurrieron a bordo de ese barco que tienen que ver con este tema, una de las más destacadas fue la fiesta supuestamente en honor a mi cumpleaños –que fue una idea del capitán- aunque mi cumpleaños era en otra fecha.

Tiempo después cuando me encontraba dando conferencias, pensé que sería una buena idea escribir una carta al capitán resumiendo la historia y se la escribí a lo que él me contestó: “Usted sabe, a veces en la vida, instintivamente tenemos la idea de hacer esto o aquello. Aquella tarde estaba sentado en la entrada de mi camarote mirando a los pasajeros llegar por la pasarela y cuando lo vi llegar a bordo ‘algo’ me dijo que lo siente a mi mesa. Más allá de eso, no puedo explicar, como tampoco puedo explicar cómo puedo detener con frecuencia mi barco en el lugar correcto en el muelle al primer intento.”

La gente que ha oído la historia –gente que no sabe nada acerca de la magia de creer- piensa que fue sólo una coincidencia para que el capitán me eligiera. Estoy seguro que no lo fue y además creo que el capitán conoce considerablemente algo acerca de esta ciencia y estará de acuerdo conmigo. Habían docenas de personas en ese barco que eran mucho más importantes de lo que yo podía ser, no llevaba nada que me distinguiera, sólo era uno más a bordo. No eran tampoco las ropas que yo usaba o mi apariencia lo que había hecho que el capitán me elija entre tantos pasajeros para merecer su atención personal.

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